(Donde se habla de aparecidos y fantasmas)
Por: John Argerich

Esta vuelta no les voy a contar globos, como critican las malas lenguas, que hago siempre. No, señor. Desde el vamos pienso batirles una justa de envergadura. La verdad de la milanesa sobre cosas misteriosas que han ocurrido en Suecia, hablando mal y pronto. Pero como para que éstas tengan gollete es bueno empezar por el principio, nada más lógico que relatar la tragedia que vivió el Chucho Taraletti a partir del 1 de octubre próximo pasado, cuando el primer gallo de la matina entonaba su himno al amanecer. Con el cheque del Social aún virgen debido al feriado bancario, y más sed que beduino haciendo footing en las arenas de Marrakech. Las figuras se volvían borrosas con la nevada, pero divisó una imagen conocida, caminando lentamente . Un vecino famoso del pueblo, porque en la época en que había barcos con bandera sueca, había estado en la Argentina. Tiempos de Pascualito Pérez y el Pulqui 2, es bien cierto, pero ostentando ese sello que les deja a todos los extranjeros su primer bife a caballo con guarnición de papas suflé.
-Gomorgon, Olav!
Y vista la afinidad cultural, el hombre respondió prodigando una sonrisa:
-¿Qué hacés, don Tara?
-Boqueando con la crisis, que no vemos papel moneda, ni pa’ recuerdo de las vacaciones.
-No desespere, vea -dijo el sueco, con un acento sureño que no lo manyaba ni su madre- La mano viene brutoski, pero salir a flote siempre es posible, si te las sabés rebuscar.
-No entiendo bien…
-Te invito a un café con vodka hasta que llegue el tren, así discutimos un plan que te puede sacar de apuros.
Así fue como de pronto dejaron el invierno, entrando en un salón tenuamente iluminado, con plantas tropicales y 25 grados de temperatura, atendido por unas azafatas vestidas al estilo tradicional. El lector se lo imagina: Largas trenzas rubias, suecos blancos pintados a mano, profundos escotes, mangas cortas, y polleras floreadas de campesina.
-Como te decía, hay un fato que me tiene la testa embolonkiada -susurró Olav, asumiendo cierto aire de intimidad.
-Contá, que soy todo orejas.
-Te lo digo en dos palabras: Acabo de heredar una casa de un tío segundo mío, pero sospecho de los vecinos, y necesito vigilancia hasta que el banco me preste guita para ponerle rejas. ¿Te interesa el conchabo de guardián?
-¿Rejas en Suecia? Lo van a mirar como un insulto a la imagen nacional.
-¡Ya te dije que el fato era fulero, Tara!
-No será para tanto… ¿Hay intrusos, o es sólo miedo de que se metan los okupa?
-Tengo miedo que desde hace rato, haya visitas sin invitación adentro de mi casa.
-¿Has visto algún mastín sin cabeza dando vuelta por el parque, como en las cintas de Boris Karloff? Ese suele ser un síntoma grave.
-No, verlos no, aunque los siento. Sus aullidos se oyen en cada rincón de la casa, y es imposible no imaginárselos al acecho, echando espuma por la boca. Más que nada en el sótano, donde nadie se anima a entrar.
-¿Qué fenómeno inexplicable!
-¿Inexplicable, dijiste? ¡Avívate que, son fantasmas! ¿Capisci ahora?
Llegados a este punto, haremos una aclaración. Que a pesar de su presencia heroica, prenda común en casi todos los integrantes de la comunidad latina, el Chucho Taraletti no había nacido para jugarse el cuero porque sí. Y con el respeto que merecen estas cosas, cualquier mención a seres de ultratumba, le daban ganas de rajar al baño. Pero andaba más seco que lengua de loro, sin otro ingreso que los mangos del Social. Una renta vitalicia, es muy cierto, pero que apenas alcanzaba para pagar el alquiler, comprarse una pilcha usada al año, y morfar pescado con papas. Así que sacando pecho, le dijo al sueco:
-Quedáte tranqui, hermano que ese fato te lo resuelvo personalmente. Chapo la escopeta, y con una noche de suerte, listo el pollo. “Anima que andás penando a orillas de un alambrado, averiguando vidas ajenas… ¡dios te libre de un balazo!”, decían los gauchos. Todo es cuestión de repetir la rima en voz alta, para que los fantasmas sepan que la vaca se volvió toro.
-¿Planeas una sesión de exorcismo? -dijo el sueco.
-No descarto la posibilidad.
Al ratito entró al andén una formación brillante, y silenciosa, como saeta de luz tajeando la noche.
-¡Pasajeros al tren! -gritó el guarda.
“Chuku-chuk, chuku-chuk, chuku-chuk…” -rezongó la potente locomotora, como eco de un murmullo apenas audible.
El tren se metió en un tubo sumergido bajo las aguas del mar, y al ratito salía por la otra punta. Poco después Olav se bajó, y el Chucho siguió hasta Central, a un tercio de la velocidad del sonido. Ocupado con el Prode para los partidos del domingo. Pero cuando terminó de rejuntar pálpitos, las fantasías sobre la charla matinal le asediaban la pensadora. ¡Soplar y hacer botellas, parecía ese rebusque! Y por más vueltas que le dió, no podía encontrarle gollete a formar biyuya por un laburo tan descansado. Más mejor aprovechar la volada, porque cuando el repollo tiende a king size, su frecuencia rasca el cero. Y así pasó ese día, que iba a marcar una nueva etapa en la vida de sus protagonistas.
-Lo estábamos esperando, don Olav. Pase usted. -dijo la Petrona Taraletti -Ya estamos listos.
-En media hora llegaremos a mi residencia de campo.
-No problema. Tengo colocadas cuatro gomas de invierno nuevecitas, y ¡al mal tiempo, buena cara!
-¡En marcha, entonces!
El viaje hacia las montañas fue una aventura, con un manto blanco que se descolgaba del cielo como ponchos de bruma gris. Visibilidad máxima dos metros, los costados del camino señalados con varas de punta fosforescente, profundas huellas donde los conductores desprevenidos abandonaban sus vehículos hasta que amainara el temporal. Árboles caídos sobre la ruta, sucumbiendo al peso de la nieve. Policía, bomberos, ambulancias, camiones de rescate, máquinas para abrir paso, que echaban arena por atrás rompiendo barreras de hielo con sus frentes en “V”.
“Västra Frölunda”, decía un cartel.
-Cuando lleguemos al hospital, doblá a la izquierda. -dijo Olav.
Allí estaba su lujosa residencia. Austera, como había sido toda su vida y la de su familia. Ubicada en medio de un parque que a pesar del manto blanco, se adivinaba bien cuidado.
“Ojalá funcione la calefacción automática, para que no se hayan reventado todos los caños de agua y tengamos que dormir con veinticino bajo cero”, cavilaba el Chucho.
-¡Hay una luz prendida! -pensó en voz alta la Petra.
-¡Mala señal! -dijo Olav- Deben ser los perros.
“De todas formas, una semana pasa volando, y es mucha mosca”, cavilaba la señora, para darse ánimo.
Entonces empezaron a oírse ayes de dolor, llantos y gritos desesperados. Como trasfondo, un concierto de ladridos y golpes, capaces de espantar al compadrito más guapo de Buenos Aires. La casa temblaba en sucesivos estertores, con las luces cada vez más tenues. Entonces se abrió la puerta del baño, y de ella colgaba un cartón escrito con sangre de pollo.
“En este lugar sagrado donde pasa tanga gente -decía su mensaje- hace fuerza el más cobarde, y se caga el más valiente”
No hizo falta más. Taraletti agarró del brazo a su señora, y salieron corriendo hacia el auto, que los esperaba como un noble caballo, junto al portón.
-¡Chau, don Olav, arregláte solo con el bolonki que heredaste! -gritó don Chucho, evitando mirar hacia atrás.
Entonces el pastor dijo:
-¡Salió bien, che! Hay que revisar la ropa, por si tenían guita en los bolsillos, como hacemos siempre. Pero el televisor portátil y las frazadas te dejan mil rupias, por parte baja, en la feria dominical.
THE END
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en una treintena de medios, de diez países